Me gusta Marco Enriquez-Ominami, pero ahora que se presenta como candidato rebelde, porque antes no le encontraba, como dice un amigo, ni un brillo. Lo veía como tipo demasiado hiperquinetico, pero ahora hasta me atrae su defecto. Es que con tanta exposición una comienza a mirar de otra forma y para que estamos con cosas si el hombre es coquetón, le gusta sonreir y con ese mechón y esa personalidad inquieta....Es que en realidad la política es tan fome que un candidato como él no pasa desapercibido y menos pa tanta mujer chilena que tiene que votar, somos mayoría, además ya es hora de ver gente atractiva en la política chilena, porque si sale Frei se viene fea la cosa. Mi gobierno ideal sería con puros guapetones como Fluvio Rossi, Felipe Arboe, Sebasián Bowen, en fin.... No, en serio hace falta más que mucha experiencia política, hace falta un recambio generacional, una nueva mentalidad, una jóven.
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El mechón de MarcoEn esta vuelta, para ser Presidente de Chile hay que tener un mechón rebelde. El mechón rebelde de Frei está compuesto de pelos un poco oxidados, como de cartón piedra, pero mal que mal es un mechón. El mechón salió de un brief o un memo de unos asesores de imagen, y ha dado hasta ahora buenos resultados. Hay que agradecerle al candidato su disposición en cuanto a abrirse a la modernidad, a las nuevas generaciones.
Piñera cultiva el mechón de pelo cuidadosamente descuidado que convirtiera a los Kennedy en leyenda. Sebastián deja caer ese mechón sobre la frente cuando sale a hacer puerta a puerta, o si pilotea su helicóptero. Dedicado a los negocios, en esas licitaciones o fideicomisos raros de miles de millones de dólares, en cambio, se cuida de que cada uno de sus pelos esté en el sitio que corresponde.
Pero el gran mechón del momento es el de Marco Enríquez-Ominami. Él es un antipolítico de elegancia farandulera, un joven hijo, nieto y biznieto de conspicuas familias políticas chilenas, lo cual es una garantía. Lo suyo es la rebeldía simpática, de estilo casual, impertinente a veces pero siempre con una gran sonrisa. Va como por libre, dice lo que se le ocurre y eso entusiasma un poco. Ahora que va subiendo en las encuestas y marca un 14%, su mechón de pelo será celebrado, publicitado, estudiado, escarmenado, y quizá finalmente denunciado o auditado o acusado de quizás qué atrocidades.
Los chilenos necesitamos seguir a alguien con un mechón creíble, espontáneo. Buscamos a un despeinado, y lo buscamos desesperadamente porque somos nosotros mismos, todos, muy conservadores, muy timoratos. Añoramos el aire fresco pero nos cuesta abrir las ventanas, o sea que las abrimos sólo para alegar un poco y de inmediato las volvemos a cerrar. No queremos despeinarnos pero nos gustaría un líder un poquito chascón.
Sin mechón alguno que ofrecer a la ciudadanía, Lagos e Insulza quedaron fuera del glamour público. Adolfo Zaldívar lo intenta, pero de manera quizá demasiado aristocrática: lo que ocasionalmente decora su frente es un cachirulo dorado, como de casa de antigüedades. El senador Navarro exageró de alguna manera dividiendo su pelo en dos mechones laterales de ondulación muy amplia, y tampoco es eso, al parecer, lo que busca nuestro electorado. Y en cuanto a Jorge Arrate, es el bigote, escasamente cool, lo que llama la atención.
Mientras comandos y asesores le meten lupa a los mechones de sus respectivos candidatos, los chilenos y chilenas debemos mantener alto el listón de nuestras exigencias respecto a lo que tapa la frente de cada candidato. Viene el mechoneo político, el chasconeo constitucional, el cambio de peluquería en los asuntos públicos. Ya era hora.