viernes, agosto 28, 2009

The Verve disueltos por tercera vez‏

Los miembros de The Verve Simon Jones y Nick McCabe han anunciado la separación de la banda, por tercera vez. Aseguran que desde agosto del año pasado no han hablado con Richard Ashcroft, cantante del grupo. Por lo que a ellos concierne, The Verve no existe. Acusan a Ashcroft de haber utilizado la última reunión del grupo para promocionar su carrera en solitario.

Previamente, Ashcroft dijo que no deseaba continuar en The Verve si McCabe seguía bebiendo. Aunque este ha dejado de beber, la relación entre ambos sigue siendo mala.

(Noticia antigua, pero aún duele)
Video Dos en uno



Se separan justo ahora que se rumoriaba su visita a chile para para fin de año, lástima... sólo me queda decir que la voz Richard Ashcroft me encanta y que "Bitter Sweet Symphony" es una gran canción y mi tema....confieso que alguna vez traté de recrear la caminata del video, duré media cuadra.

martes, agosto 04, 2009

Ser un melómano

Por Andrés Valdivia
(Artículo rescatado de una revista "Capital" año 2005)

Desde hace un tiempo a esta parte, me pregunto de qué se trata todo esto. Quizás los melómanos-digo- deberíamos ser declarados personas non gratas por el Estado o ser perseguidos como cristianos en la antigua Roma hasta ser erradicados de manera permanente y definitiva. Sí, porque a medida que uno se enamora más y más de la música, más distante está del mundo y de sus urgencias y trivialidades. Lejos de ser una virtud, este asunto es una enfermedad viral-de síntomas controlables, pero incurable en su esencia- y a medida que avanza por el torrente sanguíneo, uno se siente más marginal grave y solo. Hay algo horroroso en el crónico mal genio que traemos a cuesta los obsesos de la canción por habitar este mundo; es culpa nuestra y de nadie más.

¿Y de qué se trata todo esto? Me pregunto cuando comienza la fiesta del matrimonio al que fui hace unos días. El DJ insiste en cortar las canciones a la mitad para pasar al siguiente hit pachanguero que también será cortado cual roast beef en un continuo coitus-interruptus musical. Mirando los comensales y su portentoso goce bailarín, me pregunto si esta gracia de no tocar las canciones enteras será el gran secreto tántrico de una fiesta inolvidable (para continuar la metáfora carnal) o sí simplemente responde a la absoluta incapacidad que hemos desarrollado para vincularnos emocionalmente con algo por mas de dos minutos. Al mirar a todo el mundo pasarlo mucho mejor que yo, me vuelvo a sentir como la rata ortodoxa en la que me ido transformando y me dan ganas de que inventen una vacuna para este mal.

Históricamente la música siempre estuvo más asociada a la celebración que a cualquier consideración intelectual, que duda cabe. Pero a medida que nuestra civilización fue avanzando, el arte y la música fueron creciendo en intención y densidad creativa, lo que fue creando la brecha entre los que suponemos que algo más hay detrás de la alquimia emotiva que produce la música y quienes la entieden como un elemento decorativo o como un tele-transportador nostálgico (a lo Star Trek) hacia un pasado jovial y supuestamente límpido y sincero.
Pero los tiempos irremediablemente marcan los sonidos que de ellos emanan, y sería extraño que este mundo irremediablemente interconectado, con distancias cada vez más estrechas entre lugares apartados y donde los humanos paradójicamente gozamos cada vez de menos tiempo no afectara la forma en que escuchamos o la forma en que la música suena. Quizás ya no hay tiempo para una buena canción, o para una sonata para piano, lo que supone una redefinición de los géneros. Es posible que exagere –es una de mis ocupaciones favoritas- pero el día en que la industria de los ringtones de celulares sea más grande que la de discos o canciones vía Internet; entonces sabremos que hemos llegado a un punto de inflexión, al punto en que nuestro voraz apuro habrá cambiado la forma en que nos emocionamos.
Mirando las cosas desde este prisma, me pregunto si habrá espacio para discos como Blinking lights de la banda norteamericana Eels. Un disco largo e incluso redundante, pero repleto de buena música e intimidad verdadera. O si las tribulaciones rabiosamente acústicas y hermosas de Marta Wainwright (sí la hermana de Rufus) en su homónima placa recién editada tendrá algún futuro en nuestros oídos y corazones. No tengo respuestas, pero si la intuición de que para loa melómanos queda un espacio sagrado y personal en la onanista intimidad de nuestros iPods, aunque es cierto que cada vez que apago el mundo con un par de audífonos no puedo dejar de sentir que algo del mundo real se me escapa, que me pierdo para adentro casi irreversiblemente, haciendo sordo al ruido de fondo de mis tiempos.